Sam Mounth

Serie 88 — Vlog

El precio de la verdad

Con el paso de los años, uno casi olvida cuántas veces ha estado en presencia de una verdad sin saberlo. O lo contrario: cuántas veces ha creído tenerla entre las manos, y no era más que un eco de sí mismo.

Hay una manera en que usamos la verdad que tiene poco que ver con ella. La sacamos en los momentos de enfado, la insertamos en el medio de un reproche, la agitamos como una bandera que no termina de ser nuestra. Y funciona, claro que funciona — porque la verdad duele, y en eso nadie puede objetar nada.

Pero eso no la convierte en verdad. La convierte en arma.

La verdad no es lo que se repite más veces,

ni la que da más ventaja,

ni la que más emociona.

Es la que queda después de apartar

todos los estratos de error, interés y ruido.

Y lo más curioso es lo cómodos que nos volvemos. Hay verdades que se nos ponen en brazos sin que las hayamos buscado — alguien nos las entrega ya con forma, ya con nombre, ya con historia — y nosotros las acogemos. Las colocamos en el centro de nuestra consciencia como si siempre hubieran estado allí. Y dejamos de preguntar. No por pereza, exactamente. Sino porque preguntar implica que algo podría romperse.

La cotidianidad tiene esa virtud y ese defecto: consume el tiempo que necesitaríamos para dudar. Entre el café de la mañana y la fatiga de la noche, la verdad queda aplazada. No negada — aplazada. Lo cual, a la larga, viene a ser lo mismo.

Y sin embargo, ahí está. Como quien ha escondido algo con demasiado cuidado. Como la felicidad que alguien colocó en el horizonte no para que llegáramos a ella, sino para enseñarnos a caminar hacia ella. Siempre a un paso. Siempre encendida. Siempre un poco más allá de donde llegamos hoy.
Sam Mounth — Serie 88

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